José Hernández (Segunda Parte: Arquitecturas)

“Me siento en el tablero y comienzo a trabajar, casi se podría decir que comienzo a vomitar”. (J. H.)

Para el artista José Hernández (Tánger, 1944 – Málaga, 2013) el acto de crear era el combustible que hacía funcionar los motores vitales. Dibujaba compulsivamente, de manera casi obsesiva, de manera absolutamente placentera. Según Mariano Gómez de Vallejo, el artista dedicaba las primeras horas del día al óleo aprovechando la luz natural que, a medida que disminuía, le empujaba a sumergirse en el grabado al cobre, hasta acabar finalmente ya sin luz en el dibujo. La música en los cascos le permitía vivir en su mundo, una cosmogonía personal fruto de la digestión de una realidad aprehendida, analizada y tratada, que a través de su creación diseccionaba, la convertía en objeto de estudio y la recreaba de nuevo desde su propia óptica. Por eso, para el artista y para la persona, su oficio era su libertad.

Como un fenómeno extraño, vendía su obra antes siquiera de estar expuesta, así le ocurrió durante la década de los 70 viviendo en Madrid. Sin embargo, de alguna manera optó por su cotidianidad y su albedrío, por esa voluntad vital que saciaba a través del arte. Eligió Málaga como retiro, donde celebró su primera exposición individual con el Colectivo Palmo en 1979. Villanueva del Rosario fue su reducto y un molino restaurado su taller y su hogar que compartía junto a su esposa Sharon Smith. Desde allí continuó fiel a sí mismo a través de su creación.

SILENCIO ESENCIAL

La pintura es un silencio esencial de imágenes”. (J. H.)

Silencio como sinónimo de libertad expresiva; esencial es lo que queda cuando la idea se despoja de lo que sobra. Con esta definición de la pintura Hernández se posiciona como derogador de la prostitución del arte en pro del valor de la imagen por sí misma, imagen que es palabra y que el artista es capaz de plasmar en variedad de formatos que muchas veces se asocian a otras manifestaciones artísticas, como las carpetas de obra gráfica ilustrando poemas y prosa de Juan Ramón Jiménez, Juan Rulfo o James Joyce. O al arte escénico (teatro y ópera) y el séptimo arte, donde sus grandes aliados fueron Francisco Nieva, Joaquín Vida y Carlos Saura, para quienes desarrolló escenografía, cartelería y figurinismo creando el imaginario de obras de Lorca, Saramago, Gala, Calderón de la Barca, Valle-Inclán,… Fue un perfecto ilustrador para literatura de Kafka, Borges, Sábato o Rimbaud. Y por supuesto de revistas, entre las que se encuentra la portada de ATENEO del Nuevo Siglo nº 5 en 2003.

En otras ocasiones su creación se inscribe en la denuncia, argumento que nunca abandonó desde su etapa madrileña. “Como ciudadano (decía el pintor en 1978) yo puedo creerme este cambio democrático, pero la historia está ahí y tiene y mantiene una constancia evidente”; no se equivocó al pensar de esta manera y crear la serie de dibujos El caballero del eterno retorno, en la que reincide una y otra vez sobre el tema de España, considerando esta serie, según el subtítulo, como Serie inacabada desde su inicio, sabedor de que no tendría final y que antes llegaría el suyo.

LAS ARQUITECTURAS DE JOSÉ HERNÁNDEZ

“José Hernández es también un visionario “crítico”; esto es: un indagador de las fuerzas espectrales que moldean la realidad y de los escombros históricos que la arruinan”. Francisco Calvo Serraller.

PUNTA SUR (1998) Grabado (aguafuerte)/ papel (50 x 65 cm/ mancha 34 x 48,5 cm). Grabado donado en 2003 a la pinacoteca del Ateneo de Málaga.

PUNTA SUR (1998) Grabado (aguafuerte)/ papel (50 x 65 cm/ mancha 34 x 48,5 cm). Grabado donado en 2003 a la pinacoteca del Ateneo de Málaga.

Tan importante como el bestiario que llena su obra es la arquitectura por la que deambulan estos seres; una arquitectura que también es protagonista, convirtiéndose en enunciado que posibilita diferentes lecturas:

El elemento arquitectónico es elevado a símbolo, como sucede en los arcos triunfales cuya imagen queda reducida a connotaciones ideológicas, siempre asociadas al poder, a la plasmación material de la ansiada inmortalidad del hombre. Sin embargo, en la obra de Hernández se agrietan y se despedazan proclamando (de manera metafórica y paradójica a la manera de Valdés Leal en su lienzo Finis gloriae mundi (1672)) la caducidad humana y del propio sistema que ha creado. En otros casos el elemento arquitectónico se convierte en ser vivo, siempre perecedero, en el que el paso del tiempo deja el rastro evidente. Se muestra como un elemento en estado transitorio irreversible, son víctimas de una acción que el espectador contempla viendo el instante plasmado en la obra y anticipando todo lo que sucede después.

En ambas situaciones el efecto placebo de solidez, estabilidad, permanencia, protección que la arquitectura proporciona al ser humano queda desmitificado. El estadio-acción en el que se encuentra la arquitectura de Hernández provoca inquietud e invita a reflexionar sobre la caducidad del alma y la materia. Parece reírse de las irrealidades que el hombre se empeña en conquistar.

Es una arquitectura vacía y decadente en un entorno de ausencia que nos conduce a los grabados de ruinas de Piranesi (1720-1778) y a las sensaciones de la pintura metafísica de De Chirico en obras como La nostalgia del infinito (1911).

Pero esta arquitectura ¿se descompone o se recompone? Esa es la pregunta, porque instintivamente nos lleva a pensar en su descomposición y, sin embargo, quizás simplemente flote en un sinsentido donde no existe ni el silencio y por lo tanto no hay lugar para el sonido y el eco, reflejos que confirmarían la existencia de la realidad humana.

(de la sección Galería Ateneo. Publicado en Magazine del Ateneo, febrero 2014).

Ir a José Hernández: figuras (primera parte)

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