Abrida, lugar de paso.

No es el agua lo que une las regiones del mediterráneo,  sino los pueblos del mar.    Fernand Braudel

marruecos españa
Antes que los hombres estuvieron los dioses ha­bitando mares y océanos. Colmaron sus aguas de mitos y con ellos bañaron las orillas compo­niendo un mosaico de mitologías.

Si fue el dios fenicio Melkar, el Heracles griego o el Hércules romano el que en alguna de sus apariencias se­paró una tierra de otra comunicando el Mediterráneo con el Atlántico, no importa, los pueblos continuaron su caminar entendiendo el Estre­cho como un lugar de paso, tal como lo deno­minaron los amazige: abrida.

En esta intersección entre dos tierras y dos mares, lugar de confluencia y cruce de culturas, se estableció un diálogo, una doble respiración acompasada que, aunque resulta en ocasiones violen­ta por su naturaleza, es finalmente una fusión generadora de belleza, de una historia de antepasados comunes que parece que hemos olvidado o que pertenece a esa mitología que ya sólo recuerdan los libros momificados de papel y cuya memoria descansa en el sempiterno vaivén del mar de Alborán, ese trozo de Mediterráneo que baña las costas cercanas al Estre­cho de Gibraltar, nexo de unión natural entre África y Europa.

En torno al mar de Alborán se extiende tierra adentro el sistema montañoso Bético-Rifeño. El mar sirve de espe­jo a las dos orillas. En él se reflejan las costas de Cádiz con las de Tánger y Ceuta, las montañas del parque de Talasamtan de Chauen con las de la Sierra de las Nieves de Málaga, o el Parque Na­cional de Alhucemas con la Sierra Tejera y Almijara de la Axarquía, y así se extiende hasta el cabo de Gata en Almería y el cabo de Fegalo junto a Orán. En este paraíso geográfico, los protagonistas son los pueblos que históricamente han transi­tado el mar Mediterráneo, navegando constantemente sus aguas como extensión de tierras y patrias y construyendo una historia de lazos comunes entre las dos orillas, un flujo de ida y vuel­ta que no ha cesado desde la leyenda hasta la actualidad.

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Rosa de los vientos. Diseño de Combo Producciones.

La estrella de ocho puntas se ha convertido en la rosa de los vientos que orienta las rutas marítimas de estos pueblos del mar, imagen cuyo ori­gen simbólico en el mediterráneo occidental remonta a la cultura tartésica en la península Ibérica, en la que se asimilaba con el sol. Este símbolo recorre las civilizaciones antiguas mediterráneas cambiando su nombre y signi­ficado, adquiriendo cada vez más fuerza como símbolo de las ciudades y culturas cercanas al Estrecho. Serán los andalusíes los que definitivamente transformen la estrella de ocho puntas en símbolo de identidad, que repetirán hasta la saciedad trasvasando geo­grafías y tiempos hasta llegar a nuestros días.

Un posible relato de la belleza y la riqueza de la biodiversidad natural y humana que nos susurra el rompiente oleaje marino… si lo supiéramos escuchar, y que sin embargo, de nuevo, es ejemplo del desprecio que tenemos por nosotros mismos.

plano málaga

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