Páginas escogidas.

Vista de la Habana.

Vista de La Habana.

     “–A Martí lo leo desde la escuela. A Borges lo descubrí mucho más tarde. Había gente mayor que hablaba de él, pero nadie tenía un libro suyo. Desde el comienzo de la Revolución desapareció. Aquel Borges era una incógnita muy deseada. Recuerdo el día que nos enteramos que la Casa de las Américas iba a editar un libro suyo. Era el año ochenta y nueve. Yo estaba estudiando en la Academia de Arte de Santa Clara, allá en Cienfuegos. Unos cuantos compañeros viajamos hasta La Habana y pasamos la noche durmiendo en la cola. Como nosotros, tanta gente que esperaba aquel momento. ¡Qué descubrimiento bá´baro, mi´jita!

     –¿Estaba prohibido leer a Borges? –pregunté con curiosidad.

     –No estaba, simplemente.

     –Entonces, estaba entre los autores censurados por el Régimen –insistí.

     –¿Qué censura, chica? Aquí no hubo censura.

    –Y cómo llamas tú a que no se publique o desaparezca la bibliografía de un autor sin dejar rastro –continué incisiva.

     –Qué se yo, siempre hay una excusa: por falta de derechos, porque la editorial no coincide con su ideología, porque no hay dinero para traer los libros o editarlos,… cualquier cosa –comentó entre exaltado y molesto, mientras se dirigía hacia la estantería y seleccionaba en una rápida búsqueda el libro del que hablaba.

     Me mostró el ejemplar, trillado por el afán, encuadernado en rústica, cuya tapa de cartulina, de esquinas erosionadas, mostraba las líneas de la vida como la palma de la mano, y por cuyas hojas rancias se deslizaba como en un folioscopio, bajo la presión de su pulgar, una mancha de lectura color café.”

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En 1988, año 30 de la Revolución Cubana, la Casa de las Américas editó Páginas escogidas, una compilación de textos del escritor argentino Jorge Luis Borges seleccionados por el que fuera director de la Revista Casa de las Américas desde 1965, Roberto Fernández Retamar. Era la primera aparición de la literatura borgeana en la isla tras un largo tiempo de silencio en el que sus escritos circulaban escondidos de bolsillo en bolsillo.

El valor de esta edición para los borgeanófilos (además de ser la primera edición de la Cuba revolucionaria) es quizás el singular prólogo, en el que el poeta y ensayista cubano relata su encuentro con Borges e intenta explicar por qué no se había publicado nada suyo en la isla hasta entonces, aludiendo al necesario y (presupone) no sencillo permiso de un escritor que “…no había ocultado, todo lo contrario, su hostilidad hacia la Revolución Cubana, además de otras tristes hostilidades y afinidades…”, trasladando al universal genio los prejuicios que se generan desde las ideologías intransigentes o la impuesta disciplina de partido.

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Retamar le revela su más ferviente admiración desde la adolescencia a la par que le comunica que ha escrito duras críticas sobre él. Y es aquí donde comienza un viaje histórico-literario desde este prólogo y a través de otras publicaciones, que nos traslada a la revolución política y cultural de los años 60 y 70 del siglo XX.

El ensayo de Retamar (que por cierto, estudió en las universidades de La Sorbona y Londres) que contiene dichas críticas es Calibán, un alegato en defensa a la cultura latinoamericana que cobró importancia dentro de toda la dialéctica sobre la necesaria emancipación cultural de Latinoamérica y el negativo peso del colonialismo, y cuyo título alude al personaje de La Tempestad de Shakespeare. En él, decapita al escritor argentino por burgués, criollista, por no ser hombre de izquierdas, como le corresponde a un latinoamericano. Dice que sus pulcras páginas se han de leer como lo que son: “el testamento atormentado de una clase sin salida”, y que su escritura no es más que “un peculiar proceso de fagocitosis que indica con claridad que es colonial”. “Borges, cuya mención evoca espejos que repiten la misma desdichada imagen, laberintos sin solución, una triste biblioteca a oscuras”.

El ensayo fue publicado en Méjico en 1971, año en el que encarcelaron en Cuba al poeta Herberto Padilla por su poemario Fuera de juego (publicado en 1968) por considerarlo contrarrevolucionario. La tortura del poeta, la forzada autoinculpación pública y exigencia de su retracto, llevó a numerosos intelectuales extranjeros de diferentes ideologías a firmar ese mismo año una carta dirigida a Fidel Castro mostrando su rechazo. Nombres como Vargas Llosa, Sartre, Cortázar, Simone de Beauvoir, Ítalo Calvino, Octavio Paz, Gil de Biedma, Pasolini, Susan Sontag, Ángel González, José Ángel Valente, los hermanos Goytisolo, Alberto Moravia, Marguerite Duras, Jorge Semprún, Alain Resnais,…, muchos de ellos afines al régimen y que veían en él una luz frente al monstruo capitalista. Tal fue el caso del escritor Julio Cortázar, cuya firma le costó duras críticas, calumnias y censura por parte de los castristas. Cortázar mantenía por entonces una relación epistolar con sus amigos cubanos Roberto Fernández Retamar y Haydée Santamaría, en la que se posicionó cuando tuvo lugar el caso Padilla, dando como resultado el excelente escrito Policrítica a la hora de los chacales, publicado por Retamar en el número 67 de la Revista Casa de las Américas el año 1971 (julio-agosto) en La Habana, y cuya lectura es muy aconsejable (se encuentra fácilmente en la red).

En cuanto a los intelectuales cubanos, tras lo ocurrido con Padilla, que supuso el desencanto de esa nueva utopía, se vieron obligados a callar y otros a exiliarse, siendo prohibidos sus escritos en la isla, como sucedió con Cabrera Infante.

Unas Páginas Escogidas que llevan a otras rescatando una atractiva, fascinante y paradójica historia del pasado siglo XX, cuyas consecuencias quedan resumidas en el título de un capítulo que Vázquez Montalbán eligió para su novela Y Dios entró en La Habana (1998): “La revolución no tiene quien le escriba”.

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