Las ruinas de Palmira

Infundían en mi ánimo cierto pavor religioso estas yermas soledades, esta apacible noche y esta majestuosa escena: el aspecto de una vasta ciudad desierta, la memoria de los pasados tiempos, la comparación del presente estado, todo enaltecía mi corazón.

Las ruinas de Palmira. Conde de Volney

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Tras el innoble asesinato del historiador de Palmira Jaled al Assad (tan innoble desgraciadamente como el de cualquier ser humano), inevitablemente llamó mi atención en una librería el título Las ruinas de Palmira, libro del Conde de Volney, para mi hasta ese momento inexistente. Me impresionó su lectura, tanto como me impresionó la paradoja entre la situación actual de Palmira, como metáfora de la autodestrucción humana, y la visión y conclusiones a las que llega Volney en su viaje a las ruinas del imperio de Palmira, como metáfora de la ruina de la civilización causada por su propio creador: el ser humano y su condición natural, y sus sistemas de control, ya sea la política y los gobiernos, como la religión.

En la fecha que Volney viajó por Egipto, Palestina y Siria, entre 1782 y 1787, se cocinaba en Francia un cambio de mentalidad que conduciría a la abolición del llamado Antiguo Régimen. Volney, implicado en las ideas ilustradas, apoyaba el cambio, y en su viaje hacia las antiguas civilizaciones busca la respuesta y el origen a la creación de un verdadero estado de derecho donde la igualdad fuera real. La contemplación de las ruinas de Palmira le condujeron a un viaje al pasado, que inspiró en él una visión de la realidad religiosa, política y social casi profética que merece la pena descubrir, y que queda recogida en 1791 en el libro Les ruines ou Méditations sur les révolutions des empires, o Las ruinas de Palmira.

Había leído y había oído decir que entre todos los medios de adornar el espíritu y de formar el raciocinio, ninguno mejor que los viajes“, afirmaba Constantino Francisco Chassebeuf, que así se llamaba el conde de Volney. Él fue de los primeros viajeros europeos orientalistas, al que luego leerían y seguirían por Oriente personajes como Chautebriand, Lammartine o Byron. 

 He extraído unos párrafos salteados de su obra, con intención de acercar su pensamiento a quien le pueda interesar y procurando no desvirtuar en el recorte la pretensión del autor.

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“Vi un oasis en medio del inhóspito desierto de Siria. Estaba formado por un bosque de columnas de mármol de color oro. Eran las ruinas de la que había sido en la antigüedad una opulenta ciudad de Oriente,… Vi las ruinas de Palmyra, símbolo de la fugacidad de las riquezas y los imperios que se creían eternos. [….] Salve, desiertas ruinas, sacros y silenciosos muros; a vosotros os invoco… ¡Cuántas provechosas lecciones y cuántas reflexiones tiernas o valientes presentáis a la mente que os ha de consultar!

[….] Aquí, decía yo, aquí floreció en otro tiempo una opulenta ciudad: éste fue el solar de un pujante imperio. Sí, estos lugares tan yermos ahora, un tiempo vivificaba su recinto una activa muchedumbre, y circulaba un numeroso gentío por estos hoy tan solitarios caminos. En estas paredes donde reina un mustio silencio, sin cesar resonaban el estrépito de las músicas y las voces de fiesta y alegría; formaban altivos palacios estos hacinados mármoles; ornaban la majestad de los templos estas derribadas columnas y estas caídas galerías. Aquí se veía la afluencia de un crecido pueblo, que para las respetables obligaciones de su religión, o para los interesantes negocios de su subsistencia se congregaba; aquí una industria generadora de placeres convocaba las riquezas de todos los climas; permutábase la púrpura de Tiro con las preciosas hebras de la Sérica, las blandas telas de Cachemira con los soberbios tapices de la Lidia; con las perlas y aromas de Arabia el ámbar del Báltico, y el oro de Ofir con el estaño de Tule.  Y ahora ¿qué ha quedado de esta poderosa ciudad? Un fúnebre esqueleto. ¿Qué de esta vasta dominación? Una oscura y vana memoria. A la estrepitosa concurrencia que bajo de estos pórticos acudía, ha seguido la soledad de la muerte. Al murmullo de las plazas públicas ha sucedido el silencio de los sepulcros. … ¡Ah! ¡Cómo está eclipsada tanta gloria! … ¡Cómo se han aniquilado tantos afanes! … ¡Cómo perecen las obras de los hombres! … ¡Así los imperios y las naciones desaparecen! 

[….] La codicia y la ignorancia humanas: ésos son los malévolos genios que han perdido la tierra; ésos los celestiales anatemas que han derrocado esos muros antiguamente ilustres, convirtiendo el esplendor de una ciudad populosa en triste soledad y lamentables ruinas… todas las plagas que han atormentado al hombre son hijas de su propia naturaleza. [….] Por ignorancia y por codicia se ha armado hombre contra hombre. [….] En vez de la aventura, la funesta necesidad rige los destinos del hombre.

[….] Ése es el corazón humano; un leve triunfo le envanece en una loca confianza, un azar le consterna y le postra: siempre dominado de la sensación de presente, no juzga las cosas como ellas son, sino como se las pintan sus pasiones. [….] Y así, se convence nuestra razón lo mismo de la mentira que de la verdad. [….]

Nacieron entonces funestas doctrinas, misantrópicos y atrabiliarios sistemas de religión, que crearon dioses tan malos y envidiosos como los déspotas [….] Y en el despotismo paternal se cimentó el despotismo político.”

Sorprende que, aún en el siglo XXI, sea posible seguir destruyendo un imperio, la civilización que Zenobia erigiese en el siglo III, cuya memoria no sólo es belleza, es parte del saber humano, y por lo tanto de nuestro aprendizaje.

En la espiral de esta sinrazón que el ser humano ha creado y de la que no es capaz de salir ¿cuánto vale nuestra memoria y cuánto una vida humana?

Vista del templo de Baal en Palmira. Imágenes de Wikipedia.

Vista del templo de Baal en Palmira. Imágenes de Wikipedia.

Entonces como ahora, el mundo era atroz“. Jorge L. Borges.

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Una respuesta a Las ruinas de Palmira

  1. luisoj dijo:

    Siempre que me encuentro ante restos de antiguas culturas, especialmente edificios, pienso sin poder evitarlo en la cantidad de vidas humanas que costó ponerlos en pie. Pienso en la sangre de los pies de aquellos que, de sol a sol y día tras día, arrastraban piedras de gran tamaño, en los dedos rotos de las manos por el golpe de los martillos, en los glóbulos oculares reventados por las esquirlas de duras piedras, en los latigazos que recibían… y todas esas barbaridades que elevamos al altar de los sacrificios que la cultura y la belleza nos exige. Ahora, cuando los fanáticos destruyen los restos de aquellas sanguinarias civilizaciones, también pienso en el cuello de Jaled al Assad y de tantos otros que forman parte de un nuevo-viejo victimato de la fe.

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