Dámaso Ruano (Segunda parte: Dimensiones de la abstracción)

Un cuadro puede contarte secretos, los guarda dentro, sólo tienes que saber escucharlo. A veces me quedo quieto cerca de él y le dejo que me diga”. (D. R.)

Cuando Dámaso Ruano llegó a Málaga en 1969, se alineó en la avanzadilla de la modernidad artística de la ciudad, en la que numerosos creadores experimentaban con un lenguaje innovador en busca de una renovación intelectual y plástica.

Su tarjeta de presentación fue la exposición individual celebrada en 1970 en la Sala de la Caja de Ahorros de Antequera. Su nombre comenzó a sonar junto a los artistas de vanguardia del momento. Su amistad con el pintor Jorge Lindell y la pareja de artistas Dulce Araújo y el grabador José Faría, y sus reuniones en lugares como el bar La Viña en la plaza del Teatro, fue la simiente que dio lugar a la creación del Colectivo Palmo en el último mes de 1978, en el que se integraron artistas de la talla de Manuel Barbadillo, Enrique Brinkmann, Pepa Caballero, José Díaz Oliva, Pedro Maruna, José Miralles o Stefan von Reiswitz entre otros. El propio Dámaso cuenta que en el bar La Paloma de El Palo, se confeccionó la primera lista de los integrantes del colectivo, cuyas reuniones oficiales y la primera exposición tuvieron lugar en una sala que alquilaban en la librería Prometeo. Desde entonces hasta ahora el tiempo continúa su marcha permitiendo a Dámaso legar una extensa y personalísima obra, en la que la pintura y la obra gráfica como el grabado son las protagonistas.

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Androginia de la dimensión

               “-Pero no existe el cuadro tridimensional, Dámaso.” /   “-No existe, no (sonríe Dámaso)… pero se busca” (conversación con Héctor Márquez)

Sin salirse del tradicional concepto de pintura, Dámaso buscó la tercera dimensión, aquella que permite al espacio y a la luz adentrarse en el cuadro. Su primer paso fue rasgar la superficie del lienzo, transgrediendo su límite espacial y expandiendo su realidad. Tal como el pintor relata, ese gesto, esa simple rasgadura, se debe al encuentro casual con la obra del consagrado artista Lucio Fontana (1899-1968): “En Tetuán, en Rabat, en Casablanca vi a los artistas que nadie en España podía ver. Naum Gabo, Jartum, Leger, Soulages… Pero llego un día Fontana, Lucio Fontana, con un corte solo sobre el lienzo y me enseñó cómo el cuadro era capaz de absorber la luz del derredor. Con un corte solo. Con lo mínimo. Esa perfección minimalista me ha perseguido muchas veces. Decir todo lo que puedas con un gesto simple. ¿Hay algo que pueda desear más un artista?” (D. R.)

Y tal como Enrique del Pino describe, esas rasgaduras son “auténticas heridas y fracturas que permiten hablar de una dimensión antropológica en su obra, pues estas incisiones aluden a la propia fragilidad y fractura del ser humano, a la debilidad de sus convicciones”.

Después se adhirieron a la superficie artística trozos de papel y de cartón. Luego llegaron los pedazos de madera; maderas que en su mayoría rescataba del deshecho en las playas de El Palo y que en ocasiones apenas trataba, permitiendo que se expresaran por sí mismas. Se podría hablar de collage, de relieve, y quién sabe si de escultura. Sin embargo, Dámaso pinta, incluso con las incisiones y los añadidos que aplica al lienzo. Con ellos experimenta intentando contener el mundo y su realidad tridimensional en la bidimensionalidad de su obra pictórica.

La cuarta dimensión, la del tiempo, le pertenece sin buscarla, aparece en sus obras a través de las otras tres, cuya fusión genera un tiempo eterno que se vuelve intemporal.

Dimensión emocional

Y contemplar la emoción eterna de la doble belleza: la del corazón y la de la inteligencia”. (Antonio Gala sobre la obra de Dámaso)

De una quinta dimensión podríamos hablar en las obras de Dámaso, la dimensión emocional, por la que se viaja a través de la abstracción. Fernando Martín Martín nos habla de los “paisajes razonados” de Ruano, que asocia con la “abstracción postpictórica que durante los años sesenta fue defendida por artistas como Ad Reinhardt en sus famosas Doce Reglas, donde aboga por una nueva idea de abstracción racional y esencialista”. En este mismo sentido Mario Virgilio Montañez nos dice del artista que es “un neoclásico, en el sentido pitagórico del término: alguien que busca en la proporción, en la exactitud, en el rigor, en la austeridad, las claves de esa cosa imprescindible que llamamos belleza”.

 En cualquier caso, los conceptos de abstracción y emoción están ligados en la obra de Dámaso creando una auténtica dimensión. Zambullirse en su abstracción es nadar en un mar sereno que, sin embargo, está tintado por la inquietud de las emociones. La pintura de Dámaso, “no es pintura para contemplar, es pintura para sentir” (Bernardo Palomo).


(Texto publicado en la sección Galería Ateneo, Magazine Ateneo de Málaga, junio 2014)

(Citas extraídas del Catálogo “Dámaso Ruano. Serenidades”, de la exposición realizada en el Museo de Ceuta en 2010)

Primera parte: Dámaso Ruano, el paisaje y la poética de la geografía.

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2 respuestas a Dámaso Ruano (Segunda parte: Dimensiones de la abstracción)

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