Día de las librerías. Stay gold.

stay gold

“Málaga, ciudad bravía, que entre antiguas y modernas, tiene veinte mil tabernas y una sola librería”.

Desde hace algunas generaciones resuena en los oídos de los malagueños esta coplilla anónima a la que, aunque me cae simpática, comienzo a tenerle manía. Si bien es cierto, en esta Málaga del siglo XXI las tascas se multiplican por doquier (en muchos casos reducidas a la vacuidad de la recepción de turistas), pero también lo hacen, poco a poco, las librerías, que entre veteranas y nobeles, buscan su lugar recuperando el espíritu tertuliano y creativo que históricamente les pertenece. La librería no es únicamente un local para venta de libros, es un rincón repleto de sabiduría, de mundos, de conciencias, de viajes, de emociones y sentimientos. Pero además es un espacio de encuentro. Así lo proponen las librerías de la ciudad al promover actividades aglutinadoras, como tertulias literarias, conciertos, proyección de películas, presentación de libros, lecturas comentadas, talleres literarios e, incluso, actividad editorial.

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El único recuerdo de infancia que tengo del centro de Málaga, allá en la década de los 80, es el de dos librerías: Denis y Libritos. Me encantaba el edificio de la librería Denis, con su esquina curva, entonces sinónimo de mágico, y sus grandes cristaleras de dobles realidades. Abrir esa puerta que conocía a tanta gente y entrar en el local, era comenzar una aventura como la de los relatos que leía en los libros. La recuerdo como una enorme biblioteca de techos lejanos. Su interior de madera y el tono sombrío acompañando el verde oscuro de sus alzados, era el escenario perfecto. Una escalera quejumbrosa ascendía a un pasillo en el que las paredes llenas de libros y el dominio visual de la planta baja sabiéndote invisible, proporcionaban la intimidad suficiente para sumergirse en la imaginación que había alimentado con la literatura. Desde arriba observaba al señor Denis conversando con mi padre. Igual ni siquiera era el señor Denis, pero sin duda era una especie de capitán Nemo que vivía en esa realidad de cuento.

A la librería Libritos acudía cada sábado, siempre con mi amiga Diana, con quien, por cierto, sigo compartiendo aventuras. Desde el arranque de calle Granada corríamos hasta el callejón que tenía la valla de colores que, como el camino de baldosas amarillas, nos conducía a las mil y una posibles aventuras para la semana. La colección blanca con personajes fantásticos como Favila y Doneval fue la primera. Con la naranja descubrí a Charlie, a Momo, al príncipe feliz, y a tantos personajes que me introdujeron, sin saberlo, en los clásicos de la literatura. La última fue la roja, ya en un atisbo adolescente, con Tex y los rebeldes provocando una ley de la calle en mi actitud.

Sin imaginarlo entonces, ese recuerdo se ha convertido hoy en parte de mi literatura personal, en la novela que es la misma vida, y el paseo por las librerías, en una costumbre que sigue llenando mis ratos de ocio.

“Cuando salí a la brillante luz de sol desde la oscuridad del cine tenía sólo dos cosas en la cabeza: Paul Newman y volver a casa….. “.  Ponyboy, stay gold.

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2 respuestas a Día de las librerías. Stay gold.

  1. Snake dijo:

    Las librerías de mi infancia ya no ocupan un espacio físico, pero sí un vacío.

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