La máquina del tiempo. El oro de la vida.

Por el ápice abierto el cono inverso                          deja caer la cautelosa arena,                                     oro gradual que se desprende y llena                         el cóncavo cristal de su universo.

Hay un agrado en observar la arcana                         arena que resbala y que declina                                   y, a punto de caer, se arremolina                             con una prisa que es del todo humana.

J. L. Borges.

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Koloman Moser (1868-1918), diseñador austriaco que vivió esa fascinante época del secesionismo vienés en la que artistas como él fueron la cremallera entre la vieja y la nueva Europa. Para la portada del calendario de 1899 de la editorial de Carl Fromme, diseña esta imagen, cuyo motivo principal, a primera vista, es el reloj de arena que sostiene una mujer.

El reloj de arena, la clepsidra, el reloj de sol y otros tantos instrumentos citados en la Antigüedad, son los primeros intentos racionales del hombre para medir y hacer perceptible esa desconocida dimensión: el tiempo, quizás con el deseo de atraparlo, incluso detenerlo. Tal es la obsesión y tal su utilidad, que se complicaron los mecanismos de relojería hasta conseguir, en el siglo XV, diseñar el reloj de bolsillo: el dominio individual del tiempo, poseer el tiempo. Fue un invento muy acorde a la mentalidad renacentista, que comienza a cercenar el poder de una iglesia que, hasta entonces, marcaba desde lo alto de sus campanarios el devenir de los hombres. El intelectual humanista, que tiene fe en el progreso, admira y estudia la naturaleza y confía en la inteligencia y en la razón humana para encontrar respuestas y construir el mundo, necesita disponer de tiempo propio, necesita precisión para sus inventos y creaciones, para sus mediciones científicas y astronómicas, para satisfacer su actitud osada y curiosa que le embarca, rumbo hacia la nada, a descubrir una tierra que definitivamente es redonda. Había creado una nueva herramienta, un avance extraordinario que hoy equipararíamos al teléfono inteligente (smartphone).

Aunque ya desde el siglo XVII se especula con la posibilidad de un reloj de pulsera, será en los albores del XX cuando comience a usarse como adorno entre mujeres de clase alta. Algo tan femenino viró radicalmente su índole cuando, durante la Primera Guerra Mundial, se utilizó para sincronizar ataques: la visión de la esfera en la muñeca era unos segundos más rápida que la oculta en el bolsillo. Parece, también, lógica su aparición y posterior instauración de su uso entre la sociedad civil, en ese fraguar de la revolución industrial, en el que cada individuo necesitaba uniformar su tiempo con el tiempo global del sistema productivo que lo esclavizaba. El tiempo personal pasó a ser una ínfima y accesoria pieza de un gigantesco engranaje de relojería.

Un reloj de pulsera, espejo del narcisista de los siglos XX y XXI, un engaño para el pretencioso, que bajo afán de pavo real luce su propia condena. No te regalan un reloj, tú eres el regalado”, escribe Cortázar en sus “Instrucciones para dar cuerda a un reloj de pulsera”, “te regalan un nuevo pedazo frágil y precario de ti mismo”. Nuestros antepasados crearon una herramienta que nosotros hemos transformado en una necesidad que gangrena nuestra vida: hemos pasado de la posibilidad de medir el tiempo y controlarlo a tener una omnipresente noción del tiempo que controla nuestra vida. En la actualidad disponemos de reloj, pero ya no disponemos de tiempo.

Tiempo, pero ¿ qué es el tiempo? Gustav Meyrink viene a decir en su relato “J. H. Obereit visita el país de los devoradores del tiempo”, que el tiempo somos nosotros, somos “cuerpo que parece materia y que no es otra cosa que tiempo coagulado. Nuestro cotidiano marchitarnos delante de la tumba, que es, sino reverter el tiempo, ayudados por la espera y la esperanza”, que son a su vez “los devoradores del tiempo, porque así como las sanguijuelas hacen con la sangre, ellos aspiran de nuestro corazón la linfa vital, que es el tiempo”, “una especie de irrefrenable desangrarse”. Añado: espera y esperanza siempre se refieren a hechos futuros, por lo tanto van ligados ineludiblemente al tiempo. Pasado, presente, futuro, las tres formas o secuencias de la magnitud física llamada tiempo, ligada a sustantivos como sucesión o simultaneidad, y sobre todo, si medimos, duración. En cualquier caso, desde la prehistoria hasta Parménides y de éste a la física cuántica, divagar sobre este asunto sería pura tautología (por no decir perogrullada) en esta breve entrada guiada por manos de una desconocedora de la materia. Breve entrada, digo, ¿por extensión? sí, y por lo tanto por tiempo, porque la realidad material, el espacio real, se mide por el tiempo, “el mundo era más vasto entonces que ahora”, refiere Borges en su Biblioteca personal hablando de Herodoto y sus nueve libros de la historia.

02 blog cita mesopotamiaY la otra gran cuestión: medir el tiempo, ¿realmente es medible? Porque el tiempo es relativo. Todos hemos experimentado hechos “que no se sujetan a la común medida del tiempo”, como el largo instante que alcanza la sensación de eternidad o el veloz paso de un año… tras otro. Quizás el tiempo no sea más que una simple apariencia. Quizás no exista fuera de la mente que lo percibe. A través del reloj, por tanto, hemos prefigurado y estandarizado su existencia, hemos facilitado que la mente engendre la idea de tiempo. Sin embargo, a pesar de que el reloj mide el tiempo para todos por igual, el tiempo que transcurre no es para todos el mismo. “El mundo es mi representación”, diría Schopenhauer, “el tiempo es mi representación”, el tiempo dentro de mi cabeza no es el mismo que aquel que, por manida convención, llamamos tiempo real. Aún así, existe la ciencia de medir el tiempo, la horología. Algo tan sencillo como unos granos de arena y su aceleración miden nuestro tiempo.

Antes de la primavera. Koloman Moser.

Antes de la primavera. Koloman Moser.

Una última reflexión sobre una supuesta cita que Borges atribuye al poeta Francisco Luis Bernárdez sobre un libro de Alfred Korzybski (“La edad viril de la humanidad”) en la que dice: “El materialismo dijo al hombre: hazte rico de espacio. Y el hombre olvidó su propia tarea. Su noble tarea de acumulador de tiempo. Quiero decir que el hombre se dio a la conquista de las cosas visibles. De personas y territorios. Así nació la falacia del progresismo. Y como una consecuencia brutal nació la sombra del progresismo. El imperialismo. Es preciso, pues, restituir a la vida humana su tercera dimensión. … Que el hombre vuelva a capitalizar siglos en vez de capitalizar leguas. Que la vida humana sea más intensa en lugar de más extensa”. Una observación que pone en alza el tiempo, convirtiéndolo en el verdadero oro de la vida.

Lo que nos queda claro a los seres humanos, es que nadie vive en el pasado ni en el futuro, el presente es la única forma posible de vida, es el tiempo que nos hace vivir sintiéndonos vividos. “El futuro distancia. No te pierda lo venidero. A ti te acerca tu presente. Ser es estar siendo. Prisa, apetito de lejanías, torpe atropello de las largas dulzuras el minuto: da tiempo al tiempo”. (Pedro Salinas, “Ver lo que veo”).

Portada del calendario de 1903.

Portada del calendario de 1903.

Volviendo al mágico invento del reloj de arena, que en su diseño lleva implícito lo arcano y lo alquímico, las civilizaciones y la historia,…. “todo lo arrastra y pierde este incansable hilo sutil de arena numerosa”. En el dibujo de Moser, el reloj de arena (la máquina del tiempo) que apura la vida de cada uno de nosotros, se encuentra paradójicamente encerrado en la iconografía hermética del ouroboros. Entre los múltiples significados que puede expresar, es símbolo, sin duda, del tiempo que se reproduce perpetuamente, la regeneración eterna. ¿Cuál es el juego?

 

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