Jean Genet y la traición

“…he elegido la traición”, afirma Jean Genet (1910-86) en Diario del ladrón. Antes, la traición, lo había elegido a él. Sí, la traición, ese acto abyecto que no justifica ninguna causa heroica. ¿O sí?

Fotografía de Pepe Zapata. Tumba de Jean Genet en Larache.

Tumba de Jean Genet en Larache. Fotografía de Pepe Zapata.

Proscrito desde su nacimiento (y predestinado escritor seguramente también). Abandonado por un padre inexistente y por la madre poco después de nacer. Se convirtió en un asiduo de orfanatos, presidios juveniles, comisarías y cárceles. Todo lo que aconteció en su vida le condujo a prisión, incluso su paso por el ejército: “Estoy seguro de que construyeron la cárcel para mi… Todo allí me está destinado con la mayor formalidad”. En la miseria, se dedicó al robo, la prostitución, y la traición. Fue “pobreza sin esperanza”, “vestía pies descalzos” y lo piojos eran su “único signo de prosperidad”. Como vagabundo y maldito recorrió la Europa inhumana de las décadas de los 20, 30 y 40, y entre todos los países (Francia, Italia, Austria, Bélgica, Polonia, Checoslovaquia, Austria, Alemania), España fue donde aprendió a ser aquel Genet, hasta el punto de simbolizar la epopeya de esta primera etapa de su existencia, “después de haber cruzado esa región de mí mismo que he llamado España”. Son genêt d´Espagne”, le apodó tiempo después Jean Cocteau, jugando con esta confesión y el significado de su nombre: “Genet”, retama, “d´Espagne”, referido a la variedad de la aulaga.

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En Diario del ladrón (1944) rememora este periodo y describe quién fue. La traición, el robo y la homosexualidad son los temas del libro. También queda de manifiesto quién era el nuevo Genet, el intelectual que escribía en ese momento a través del Genet renegado de entonces. Los hechos pasados, sórdidos como la realidad, son relatados por un Genet que reflexiona hasta tomar conciencia de sí mismo y entender el sentido de su vida, el porqué de aquel envilecimiento, de aquella bajeza con la que se subyugaba a la humillación, de aquella atracción irresistible por la inmundicia humana. Encuentra su respuesta, ve la belleza de los actos, de los sentimientos que le motivan, de la adoración hacia el mal, y en él, hacia los hombres consagrados al mal, que según Genet, “poseen virtudes viriles”, son “palacios de carne donde tiene su sede el mal perfecto”. Genet es un romántico, un enamorado del amor y de la existencia. Por eso en su relato es capaz de transformar su vida en heroísmo “porque hallé en mi lo necesario para hacerlo: el lirismo”. De una manera sorprendente y particular, como escribe Witold Gombrowicz, convierte la fealdad en perfección y lo siniestro en poesía. Hay que tener valor para desnudarse de tal manera ante la sociedad y sus parámetros morales. Es consciente de su rechazo deliberado de un mundo que lo había rechazado de antemano. Pero en sus palabras no hay odio, no hay mezquindad a pesar de su sino. Es capaz de digerir su desgracia, entenderla y sublimarla convirtiéndola en su gran odisea. Asume su condición y la ensalza en esa búsqueda de plenitud que todo ser humano desea.

La publicación de esta obra le costó otra traición, la cadena perpetua, de la que se libró en 1948 gracias al indulto que consiguieron, entre otros, Sartre, Cocteau y Picasso. Pero la mayor traición del libro no fue esta consecuencia. En 1951 Sartre publicó el ensayo San Genet, comediante y mártir. En él propone claves para la comprensión de la literatura de Genet a través de un profundo psicoanálisis de la obra y, consecuentemente, de la vida de Genet, presentándolo como víctima del trastorno de niño abandonado. “El santo Genet“, le decía su supuesto amigo Sartre, aludiendo a confesiones que Genet hace en el Diario: “Tengo la santidad por meta, pero no puedo decir en qué consiste. …, quiero crearla a cada instante, es decir, hacer que todo cuanto haga me conduzca hacia eso que ignoro. Que a cada instante me guie una voluntad de santidad, hasta que el día en que mi luminosidad sea tal que la gente diga: “Es un santo”. Para Sartre, Genet era un moralista y, a veces, un predicador.

Parecía que Sartre le hubiese traicionado publicando esta obra, y, peor aún, parecía que le hubiese revelado una traición consigo mismo: “vi que me había desnudado alguien diferente a mí mismo… Sartre me despojó sin ninguna ceremonia, con modales de húsar… creó en mí un vacío que actuó como una especie de deterioro psicológico”. Tras este golpe, Genet permaneció cinco años sin escribir y se ausentó del mundo en el que vivía como escritor. Se desterró de Europa y ligó su vida a intereses, países y culturas donde volvía a ser anónimo. Tal como siempre rumió Genet “tanta soledad me había obligado a convertirme en mi propio compañero”.

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Genet conoció a Mohamed Chukri en Tánger, ciudad a la que solía viajar y que definió como “guarida de traidores” y “símbolo personificado de la traición.”

“-Monsieur Genet, ¿verdad?

Dudó un instante antes de preguntarme:

-¿Quién es usted?

-Un escritor marroquí.

-Encantado -me contestó estrechándome la mano.”

Por aquel entonces Chukri comenzaba a escribir y tenía un par de cuentos publicados en la revista libanesa Al Adab. Genet ya estaba volcado con causas políticas, como la palestina y la de los Panteras Negras, y sentía gran interés por la situación social y política de países como Marruecos, donde residía desde 1947. Entre noviembre de 1968 y diciembre del 69, Chukri y Genet compartieron numerosos encuentros que, a comienzos de los 70, el escritor marroquí tuvo la oportunidad de publicar en Estados Unidos, en una traducción de Paul Bowles. A modo de agenda se transcriben las conversaciones. Cuando uno lo lee, inevitablemente se fragua una idea sobre Genet que está ostensiblemente expuesta a la visión de Chukri. Lo mismo sucede con el ensayo de Sartre. El resultado es que, a pesar de la fuerza de la propia obra de Genet como información de primera mano sobre sí mismo, las otras visiones median con tanto nervio que hacen tambalear su figura. Se percibe una especie de deseo por desnudar al personaje, por dejarlo inválido, diríamos que hay algo de traición en esas obras.

En agosto de 1974 se volvieron a encontrar. Chukri le contó que había publicado el libro. La reacción de Genet no fue de aprobación. “-Escuche, hace muchas preguntas personales. No quiero hablarle de mí ni de mis asuntos. Tengo miedo de que vuelva a escribir sobre ello sin permiso. Todo lo que le conté las últimas veces debía haberse quedado entre nosotros.” Estas palabras que Genet dirigió a Chukri, quedaron recogidas en una segunda edición del texto de Chukri publicada en 1992, bajo el título Jean Genet en Tánger, en la que se incluyeron además, los encuentros del año 74 y un epílogo en el que Chukri aclara: “Escribí cronológicamente estas memorias sobre Jean Genet durante sus estancias en Tánger. Dejé de hacerlo cuando sentí que él no estaba de acuerdo.” Chukri era consciente de que si hubiese pedido permiso, Genet jamás se lo hubiese dado. Pero él quería ser escritor, y este material era una oportunidad para publicar.

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Genet vivió en Larache casi tres décadas, ciudad de residencia de su gran amigo Mohamed El Kattani. Allí fue enterrado en 1986. La tumba es sencilla. En ella destaca en negro su firma. Es tan atractiva como el entorno acantilado que asoma al Atlántico. Junto al cementerio hay una antigua cárcel española, ahora en ruinas, que, según cuentan, él quiso comprar. Ironía de la vida (o traición del destino), fue enterrado en un cementerio cristiano, rodeado de militares y con su tumba orientada hacia La Meca.

Fue deseo expreso de Genet ser enterrado en Larache, o eso decían entonces los medios de comunicación. Hoy continúa circulando esta afirmación. Sin embargo, Chukri escribe en el epílogo incluido en la edición de su libro del 92: “El Kattani me confesó que no era cierto. Genet le dijo…: “Que me entierren en cualquier lugar menos en Larache”.

 Parece que en Genet la traición está avocada a transformarse en literatura, incluso después de su muerte. A Jean Genet la traición le noveló la vida.

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2 respuestas a Jean Genet y la traición

  1. luisoj dijo:

    Gracias por escribir sobre uno de los más malditos artistas del siglo XX. Ahora es el momento de oír The Jean Genie (Jean el genio) de David Bowie dedicado al santo laico por excelencia: “El pequeño Jean Genie se coló fuera de la ciudad / Drogado con láseres y mentiras flagrantes / Que apuñalan por la espalda, / Devorando todas tus hojas de afeitar / Mientras atrae a los camareros hablando de Monroe…”. https://vimeo.com/61137000

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