Gibellina Nuova. El país de nunca jamás.

La historia del pasado colorea la mirada del presente”. Roberto Longhi

Quizás fue el día, de gris inclemente y desapacible viento. Paseamos por un pueblo vacío de vida, de vibración apocalíptica, impersonal, lleno de soledad y hastío, sin vestigios ni herencias, con un presente inánime construido con el desasosiego del cemento, sobre asfalto yermo, donde el valor de la arquitectura, de lo urbano, de lo estético, de lo cotidiano, se pierde al estar descontextualizado. Grúas, forjados y huecos de una decadencia sin terminar, completaban un fingido pueblo de perspectivas visuales renacentistas y atmósfera metafísica. Gibellina Nuova aparecía abandonada, un cementerio de un arte sin sentido rodeado por un páramo visual. Es la pintura de De Chirico hecha realidad.

Un arco del triunfo de acero inoxidable de 26 metros de altura, anuncia en la Strada Statale 188 la entrada al Valle de Belice. Es la “Stella” que Pietro Consagra diseñó en 1981 como parte del plan de la construcción de Gibellina Nuova. Un símbolo del renacer tras el terremoto que el 14-15 de enero de 1968 asoló la región siciliana donde se encontraba el pueblo de Gibellina.

El proyecto de la construcción de una nueva Gibellina, impulsado por el alcalde Ludovico Corrao, fue necesario tras la completa destrucción del asentamiento original. La voluntad era buena, la idea singular, el resultado podemos seguir cuestionándolo.

La villa nacía de nuevo, se proyectaba desde cero. Esta oportunidad se aprovechó para la experimentación. Gibellina fue un laboratorio de las teorías urbanísticas de la época con vocación artística. El planeamiento se concibió  bajo la idea de ciudad jardín, con casas y pisos de diseño moderno que se distribuyeron a lo largo de avenidas tan desmesuradamente amplias como impersonales, de vacíos imposibles de llenar, a pesar de la intervención de artistas a quienes se invitó a sembrar el lugar con sus obras.

Se buscó una localización geológicamente más segura. Una llanura a unos 20 kilómetros de la ladera de montaña ocupada en origen por Gibellina: del árabe Gibel Zhir, montaña pequeña, con una población agrícola. El entorno ya no era el mismo. El paisaje de verdes montañas se convertía en un horizonte indiferente. Tampoco el caminar por sus calles iba a ser igual. Las pendientes se cambiarían por una hostil planitud, y el organicismo de sus recogidos recorridos por racionales rectas tan amplias como inapetentes. La arquitectura vernácula sin arquitecto y el urbanismo orgánico del enclave primigenio se olvidaron, y con ellas las costumbres de los habitantes. ¿Qué iba a ser del hablar de puerta a puerta? ¿del encuentro con el vecino por las calles? ¿de las sillas en la puerta de casa a la fresca de la tarde?

Gibellina antes del terremoto en su emplazamiento original. De la web: L’identità perduta di Gibellina

Supuestamente el proyecto se basó en la memoria de la ciudad y apostaron por la relectura del regionalismo. Pero la realidad, o lo aparente, es que este nuevo núcleo poblacional no se hizo a medida de sus habitantes, ni tampoco pensando en su idiosincrasia.  La impresión es que se anuló el diálogo entre sociedad y territorio, se anuló la identidad de lo autóctono en pro de la experimentación. Se sufrió una pérdida de referentes: memoria, costumbres, socialización. Sin duda se planteó como una herramienta para el desarrollo, pero quizás se cometió un error: la identidad no se reconvierte de un día para otro, porque a la vida la educa la costumbre, y la costumbre se hace con el tiempo. La consecuencia: parte de la población abandonó el enclave, y hoy, gran parte de sus edificios están vacíos, o nunca fueron habitados, porque se proyectó pensando en un crecimiento exponencial que nunca fue. Mataron la conexión ancestral que la historia forja entre territorio y cultura, la fuerza existencial que vincula memoria y lugar. Quizás el cataclismo debió entenderse como continuidad de ese ciclo de vida natural que liga a través del tiempo aconte­cimientos y configuración.

Gibellina Nuova es, como diría mi abuela, un lugar desangelado, sin alma, desolador. El resultado es descerebrado, un sinsentido de una arquitectura paradójicamente muy interesante. Como De Chirico, la creación de Gibellina Nuova busca referentes en el arte para convertirlos en la parodia de una modernidad desconcertada que ignora su propio pasado lamentando su futuro. Quizás por eso es tan extraño, atractivo y sorprendente. Lo cierto es que quiero volver a entrar en esa realidad para comprender.

  • Arquitectos como Umberto Riva o Álvaro Siza participaron en el Plan Belice ´80, dedicado a la reconstrucción de las ciudades afectadas por el terremoto. Algunos proyectos en Gibellina son la Iglesia Esférica (1970-1972) y la Casa Pirrello (1990) de Ludovico Quaroni, Casa del Farmacista (1980) de Franco Purini, Sistema de espacios articulados (1982) de Thermes y Purini, Museo de Gibellina Palazzo Di Lorenzo (1981/87) de Francesco Venezia.

  • El plan se completó con la intervención de artistas en los espacios públicos de Gibellina. Algunas obras son: Montagna di sale (1990) de Mimo paladino, Contrapunto y Sequenza (1984) de Melotti, Laberinto d Franchina, Sacrario ai Caduti (Monumento a los caídos) de Uncini, Aratro (1986) de Arnaldo Pomodoro, Renato Guttuso y Joseph Beuys, Meridiana ed ellitica (1987) de Ettore Colla, Trace antropomorfe (1978) de Nanda Vigo, Torre civica (1987) de Alessandro Mendini, Circle of life (1997-2008) de Richard Long.

  

Lugares interesantes sobre el tema para consultar en la red:

L´identità perduta di Gibellina.

 Permanencia y transformación en Arquitectura: Gibellina y Salemi.

Miguel Raban en Esculpir el tiempo: Francesco Venezia, Museo de Gibellina. 

 

 

 

8 comentarios

      • Hola Mónica.
        Llevo tiempo sin publicar casi, últimamente estoy intentando recobrarme.
        La fotografía documental recoge el alma del lugar, pura y duramente, y para el reportaje quedan perfectas. Sí que es cierto que esos lugares fantasmales tienen también un encanto que tomando las fotos desde otro enfoque también se puede captar, pero en este caso, creo que las tuyas quedan perfectas para su cometido, a mí me transmitieron todo ese abandono fúnebre y algo desasosegante.

        Si regresas puedes buscar el enfoque artístico. 🙂
        Besos.

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  1. Esos experimentos sociales rara vez dan buenos resultados, más allá de la buena voluntad de quien los haya propuesto. Se olvida, en estos casos, que los atavismos no se compran en una sucursal de Home Depot ni pueden crearse desde la nada.
    La referencia que haces a de Chirico es más que precisa. En algunas imágenes sólo hay que agregar un par de sombras largas y listo, ya tenemos un paisaje metafísico (huelga decir que si yo viviera en ese lugar pintaría, una mañana cualquiera, la sombra de la niña saltando a la cuerda; una sombra larga, en diagonal, sobre una calle. Sería lo más hermoso que podría ver al salir de casa).
    Por último: tu texto es una maravilla.

    Un abrazo.

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