El último habitante de Lixus.

© Fotografía de Pepe Zapata.

Hoy me encontré con el último habitante de Lixus. Era joven, de facciones aztecas, con la piel morena de los días. Era alto y bien proporcionado; fuerte a costa de la vida. Su cuerpo se dejaba llevar cuando caminaba, algo abandonado pero seguro, y siempre andaba con las manos entretenidas. Nos entendimos en francés. Escucharle resultó agradable. Subimos hasta la cima de la colina Tchoummich para después descender caminando entre los restos arqueológicos de Lixus, aquella espléndida ciudad que había sido puerto fluvial de la mitología y de la historia.

El trayecto fue lo largo que pide un paseo. Comenzó con los fenicios: los primeros habitantes de Lixus. Allí estuvo, según cuenta Estrabón, el jardín de las Hespérides. Le dieron vida los cartagineses, y convivieron mauritanos y romanos en la Mauritania Tingitana, de la que vi su esplendor en templos, foro, termas, barrios, devorado por el tiempo en forma de madre tierra, sosegado por el silencio. Pasamos por una basílica cristiana, algún resto visigodo y un templo almohade. Pensé en cuántos miles de años recorría ¿duraba? ese paseo. Se estaba tan a gusto. Todo transpiraba la imaginación de una historia anciana y legendaria que aún funcionaba como testimonio de la narración que glosaba mi acompañante, pero que estaba muy lejos de nosotros. Aquella historia había sido hace mucho tiempo y él conocía hasta donde alcanzaba la vista , lo mismo que yo.

Desde la cima de la colina, ahora alejada del estuario del río, observamos hipnotizados el impresionante paisaje que formaban los meandros del Lucus. Hubo un silencio que duró los siglos de historia que escribe su curso. Levitando, al fondo, tras el estuario y antes de difuminarse el azul Atlántico en el ocaso, estaba Larache, la nueva ciudad, la heredera de Lixus. Aquel punto lejano en el horizonte era hasta donde nuestra vista alcanzaba, lo que comprendíamos.

Miré a mi alrededor y volví siglos atrás. Una espada había segado los fustes de numerosas columnas, a la misma altura, por la cadera. Todas juntas formaban una línea que suponía infinita y que inevitablemente recordaba el serpenteo del Lucus. De alguna manera extraña, había dos cipreses colocados en el horizonte. Daba la impresión de que en una ciudad talada por la espada del tiempo, se alzaban jóvenes desdiciendo el reloj. Entendí que la historia de Lixus aún no había terminado. No tuve que preguntar por ellos. Pertenecían a la crónica propia, contada en primera persona.  Me habló de un tal H. Barth que en 1845 localizó el yacimiento, para contarme en realidad que César Luis Montalban fue el primer arqueólogo que trabajó en Lixus, en 1923, y que su abuelo, Abdeslam El Hannach, había trabajado con él, y años más tarde con Miquel Tarradell. Después llegó el francés Michel Ponish. Con éste trabajó su padre, Mokhtar El Hannach, allá por los años 60. A ellos les vio plantar las semillas de ciprés. Cuando comenzamos a descender, descubrí un tercer ciprés, de apenas medio metro de altura.

El paseo llegaba a su fin y con él la historia de Lixus. Aún quedaba algo por contar. Su familia había habitado la colina por generaciones y él había sido el último en nacer allí, en una Lixus que ya no olía a garum, ni a manzana, ni a olivo. Olía a menta y sabía a té. Cuando comenzaron las excavaciones, sucesivamente abuelo, padre e hijo trabajaron como guardianes. Allí continuaron residiendo hasta que llegó el siglo XXI y la colina con su yacimiento, cuando yo la visité, se estaba adecuando como centro de interpretación. Hacía tiempo que no permitían vivir allí y se había trasladado con su madre a un lugar cercano. Mantuvo su puesto de guardián, ahora como vigilante y guía, con su uniforme de camisa celeste y pantalón azul.

Dirigió mi atención hacia el sureste. En la falda de la colina vi una casa derruida. Frente a ella, a mi lado, resguardado por la sombra de la visera, el tizón de una mirada en apariencia profunda y cándida reconoció su hogar, y junto a él, el algarrobo que alguna vez plantó su abuelo. “Me gusta pensar que es la última fase arqueológica de la historia de Lixus”, me dijo Jalal, “y que junto a los cipreses y el algarrobo, son los vestigios y testimonio de sus últimos habitantes: la familia El Hannach”. Sonrió de nuevo, como tantas veces.





© Fotografía de Pepe Zapata.

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3 respuestas a El último habitante de Lixus.

  1. Borgeano dijo:

    Estupenda crónica. No dejo de pensar que de alguna manera todos somos el último habitante de… algo. Siempre habrá una línea que se perderá con nosotros. Pero más allá de ser un pensamiento pesimista, tal vez podamos verlo como lo contrario: al mismo tiempo somos los herederos o los guardianes de algo que sólo podemos cuidar y proteger nosotros.

    Un abrazo.

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  2. Estimulante recorrido por Lixus.

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