La danza de Oshun

Tras la opípara cena encharcada en ron fueron convidados a selectos habanos. En la caja de cedro la camarera ofreció unos robustos tan apetitosos como sus labios. Uno a uno los magnates, en idénticos gestos, observaron, seleccionaron, palparon, olieron, tallaron y encendieron, babeando la bonanza de algo que no les importaba más que como beneficio y disfrute personal. Cesó la conversación y quedaron nublados por el fantasma del tabaco, que destacó luminoso en aquella confusa y viciada nocturnidad. La encumbrada violencia del aroma hizo del ambiente un establo fermentado y saturó los sentidos provocando la descomposición de algunos estómagos. La orquesta sonaba de fondo como ruido de grillos, jaleada por una multitud que se confundía en una masa amorfa.

En torno a la soberbia y la lujuria se sucedieron los temas. Copas y cócteles se reponían solos, salpicaban a menudo, o se derramaban sin que importara demasiado. Las cabezas giraban indistintamente hacia cualquier interlocutor, continuando una conversación ruidosa sin principio ni fin que se perdía en un amasijo de voces, risas, tintineos y notas caribeñas. Una tras otra, las secuencias eran rotas por gags inesperados propios del azar noctívago. Un grito femenino, la caída de un vaso, una trompeta, un acceso de tos o la curva de una camarera que alcanzaban con sus prepotentes zarpas. Hacía horas que el extenuante bochorno tropical había dejado manchada y por los suelos la etiqueta. Chaquetas y corbatas ya no existían, un collage de alcohol, ceniza y sudor estampaba las camisas desabrochadas, y alguna bragueta reía a carcajadas mostrando su brillante dentadura.

En algún momento de la noche la orquesta dejó de tocar. Se hizo un silencio que sonó como antesala de un conjeturado suceso. Un pegajoso olor etílico cobró protagonismo en la inquieta oscuridad. Sonó una solitaria nota, a la que lentamente siguieron otras, y al hilo, una seductora voz que transformó el suspense en sorpresa. Algunos la reconocieron en seguida. Ninguno cuestionó su presencia. Bajo el haz de luz que iluminaba el escenario brilló la seda con forma de pecho broncíneo. Su deslumbrante sonrisa se extendió eclipsando la mítica falda de plátanos que pervivía en sus memorias. Era tan femenina y deseable como la recordaban; por eso nunca les importó que llevara el cabello tan corto como el de un muchacho, les excitaba. Esta vez cantaba en francés, con extraño acento, tan extraño como el ambiente que habitaba el local. Pero ellos no lo percibían, su entendimiento estaba anegado de triunfos, arrogancias y vacíos.

En punto, a medianoche, coreado por los otros magnates, Lansky se ponía en pie eufórico, dedicando el brindis de año nuevo a la isla y los negocios. Mientras, el pueblo, entre tragos de café y walfarina y bocanadas de tabaco, ofrecía a Oshun el sabor y el aroma de aquella tierra, celebrando esperanzado la llegada de mil novecientos cincuenta y nueve.

Cuba, pintura al limón sobre papel, del artista Juan Ribero Prieto.

Feliz 2019.

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