Una partida entre Omar Jayam y Jorge Luis Borges

“En el Oriente se encendió esta guerra cuyo anfiteatro es hoy toda la tierra” (Omar Jayam).

En el simple y material tablero (plano como antaño era la Tierra), el ajedrez es un juego. “Pero llamarle juego, ¿no es limitarle injuriosamente?”, se plantea Stefan Zweig, “¿No es también una ciencia, un arte, algo sutil que está suspendido entre uno y otro jugador,…?”. Juego, arte y ciencia en el que a través de la emoción y la belleza, de la táctica y la estrategia, se aviene el desenlace de la vida.

“Como el otro, este juego es infinito”. Una partida, la vida; el oponente, la muerte; jaque mate, el inexorable destino. Las piezas, dice Borges, “no saben que la mano señalada/del jugador gobierna su destino,/ no saben que un rigor adamantino/ sujeta su albedrío y su jornada./… ¿Qué Dios detrás de Dios la trama empieza/ de polvo y tiempo y sueño y agonías?”. “También el jugador es prisionero / (la sentencia es de Omar) de otro tablero/ de negras noches y de blancos días./ Dios mueve al jugador, y éste, la pieza.”

Somos jugadores, como piezas somos de la Gran Partida. En cualquiera de los casos, el adversario es siempre el tiempo.

 

 

 

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