Borges y Alcántara

 

El poeta y periodista Manuel Alcántara comparte sobremesa con Jorge Luis Borges. Año 1980.

 

“Fue una sobremesa larga, que él sobrellevó a base de zumo de naranja y yo, feliz de estar con Borges, festejé con whisky.

– Lindo apellido, Alcántara. Significa el puente… creo.

– Yo también lo creo, maestro -le dije.

Estaba claro que quería saber si su invisible interlocutor era tonto. Ejercía el portentoso escritor una especie de burla que delataba que su familiaridad con el mundo jamás llegó a ser completa. […]

A mi Homero de la Pampa le llegó “la vasta y vaga y necesaria muerte”, no sin demorarse bastante. Fue muchos hombres, aunque nunca fuera aquel en cuyo abrazo desfallecía la señora Urbach. A Borges se le notaba que deseaba su aniquilamiento. Terminar del todo y para siempre llegó a constituirse en una sola esperanza, una esperanza que le prestaba un coraje de cuchillero de arrabal para tolerar el agravio de los años y de la ceguera. Sabía que la longevidad es una forma de insomnio y deseaba dormir.

– Si me dijesen que muero esta noche, sería tanta mi alegría que a lo mejor no me muero.

No quería la inmortalidad, sino la mortalidad. Morir en cuerpo y alma. Ser recordado sólo por esas pocas páginas que a su severo juicio no le deshonraban y permanecer en la memoria colectiva gracias a un verso urdido en su tiniebla. Del mismo modo que a la mayoría de las gentes les aterra la idea de su desaparición, a él le daba pánico la idea de ser eterno. Sabía que las pruebas de la muerte son estadísticas y nadie hace que no corra el albur de ser la primera persona inmortal. […]

Cuando le conocí, creo que en el año 80, se dedicaba a recibir esas pequeñas limosnas diarias -el sabor del café, la prosa de Stevenson, el hallazgo de una etimología insospechada- y a dictarle versos a María Kodama. […]

– Estoy obligado a ser mi propio enfermero -me dijo al final de aquella sobremesa. -Cuando le vi alejarse, del brazo de María Kodama, a mi admiración de siempre se mezcló algo parecido a la compasión. La deseché pronto. No está bien compadecer al más nítido prosista del siglo en nuestro idioma.”

Texto de Manuel Alcántara, publicado en “Cantigas de amigo”, editado por Ateneo de Málaga, 2003, colección Laberinto.

 

Tarde tiempo en decidirme. No sabía si era acertado -o hasta cuánto desacertado- pedirle a un maestro de las letras que me hablara de otro. Pero lo hice.

He tenido la suerte de compartir y aprender de este gran maestro malagueño que fue Manuel Alcántara, que me inundó con su poesía, su increíble y embelesadora oratoria, su portentosa memoria como la de Ireneo Funes, la lucidez y la ronía de sus columnas en prensa y, como regalo especial, me acercó un poco más a Borges. Los dos maestros quisieron saber “en qué consiste eso que llamamos tiempo“, y a los dos les rondaba la muerte en sus poemas.

-Don Manuel, en realidad hoy vengo a pedirle que me hable de Borges.

Antepuso la disculpa de no ser quién para hablar del gran creador que “demostró que el idioma era algo más que un arbitrario repertorio de símbolos y consideró que la misión de la poesía era devolverle al lenguaje su magia antigua”. Nos sentamos en la terraza de su apartamento, una pequeña terraza que miraba a un inmenso horizonte trazado por el Mediterráneo. Cogió su paquete de BN y mientras encendía el primer cigarrillo comenzó a recordar aquella sobremesa compartida poco después de que concedieran ex aequo el premio Cervantes a Borges y a Gerardo Diego en su cuarta edición.

Aún no alcanzaba el sol el mediodía. Era verano, pero la brisa y la sombra nos permitieron conversar sin darnos cuenta del paso del tiempo. Conversar, quizás mejor diría escuchar, escuchar como siempre que veía al Maestro, porque para qué hablar y qué decir cuando lo que la vida ofrece es la oportunidad de escuchar. En ese halo tertuliano de humo de tabaco en el que le recuerdo siempre envuelto, Manuel me habló de su encuentro con Borges, de la impresión que le causó, de lo humano y lo divino que había en él que es como decir de la persona y el literato, de cuánto admiraba su obra y por qué. Me regaló el ejemplar dedicado bajo la foto en la que los dos maestros comparten una sobremesa, donde aparece el texto del que he transcrito una parte.

También a este Homero de mitológica orilla y de humildes playas le llegó ““la vasta y vaga y necesaria muerte”, no sin demorarse bastante”. A ninguno de ellos se le echa de menos, porque aquí siguen y seguirán. Por eso son Maestros.

 

 

 

3 comentarios

  1. Ha merecido la larga espera para leer este espléndido post.
    No sé si viene a cuento pero leí un verso de Alcántara hace tiempo, no sabría decir cuál, que era como una celebración de una idea borgeana que podría resumirse así: quizá el olvido sea una forma de memoria.
    Cuando se lo conté medio sonrió y dio un trago automático al gintonic que colgaba de su mano.
    Y en un momento de la lectura de esta entrada me he acordado de cuando Borges dijo, más o menos, que la única manera de amenazar a alguien era con la muerte pues era imposible hacerlo con la vida eterna.

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  2. Luis, muchas gracias, cuanto tiempo sin verte, menos mal que por lo menos puedo leerte. Ese concepto del olvido como una de las formas de la memoria es tan borgeano, no recuerdo en qué escrito aparece, lo olvidé, siempre está memoria google para redescubrirlo. Alcántara era borgeano en obra y vida, y ese concepto es tentador, evocador, precioso y tan afín a la personalidad de ambos escritores. Leía estos días paralelamente poemas de Borges y de Alcántara que tratan temas como el tiempo y la muerte, y la verdad, se sienten cercanos, hay un diálogo muy sugerente entre ambos maestros, como imagino debieron ser aquellos encuentros entre Macedonio Fernández y Borges.

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