Nada grave. Cayetano Romero

NADA GRAVE. CAYETANO ROMERO

Fotografía Vicente Holgado.

…un asomarse al abismo y una más que probable vertiginosa caída. Pero nada grave. La herida, si existe, no tiene más remedio que ser restañada y, a cambio, ese amenazante ejercicio de autoconsciencia conlleva una suerte de revelación, de descubrimiento. Juan Francisco Rueda, comisario de la exposición Nada Grave.

Cayetano Romero es el padre de unas pequeñas figuras -que al cabo vienen a ser una sola: el propio artista- cuya piel está recorrida por letras. Una caligrafía metafórica que tatúa la superficie de estos seres y muestra que la lectura y la escritura son parte esencial de la existencia, no como acompañantes, sino como ella en sí misma. Esa piel envuelve algo más que cuerpos y por ella transpira. Al escribir sobre la superficie el azar trae una palabra a un lugar que la vuelve especial y cobra un sentido mágico; es como tantas veces al abrir un libro y encontrar la respuesta buscada. Un punto rojo en el pecho indica el corazón. Nuestro ser está lleno de realidades y pensamientos escritos como el ser de las figuras de Cayetano, que a medida que se hacen se escriben con textos del artista, cosas que lee y anota de escritores o lo que estaba leyendo en el momento de la creación porque, de alguna manera, es también una forma de capturar el tiempo.

Esas figuras persona hechas de lecturas y escritura deambulan por la exposición Nada Grave. El hilo que las conecta es el de la madeja con la que juegan las Parcas. No lo saben, tampoco saben que cada una vive una experiencia vital universal ni que es el artista quien habla a través de ellas.

SEGUNDA PARTE: LA EXPOSICIÓN

Una calavera bañada en oro con un diente de marfil predispone a la visita. Descansa sobre un libro abierto de páginas en blanco. Hay una impresión fugaz de Memento mori en la obra de este artista. Es inevitable, es cultural; lo llevamos aprehendido. Pero el verdadero relato de su obra es el del tránsito por la vida, el caminar una existencia que sucede para todos por igual.  Todo esto no deja de ser otra cosa que el pasar del tiempo. El tiempo, el verdadero oro de la vida.

Equilibrista. Fotografía MVA Diputación de Málaga.

El Equilibrista centra el relato de la exposición. El resto de las figuras dialoga con él. Desdoblan su ser y sus consecuencias. Su piel se escribe con El funambulista de Jean Genet. Camina descalzo y se ayuda de una pértiga para no caer. En palabras del comisario, esta pieza se ha configurado “como una suerte de manifiesto vital, de alegoría de la existencia: sentir el vértigo y sortear la caída”. Es la representación del tránsito por la vida, la de un funambulista en su cuerda floja que trata de no caer. Hacía abajo, la distancia a la realidad hace que la altura sea peligrosa. En cierto sentido la caída es inevitable, está siempre presente, es parte del transitar.

Equilibrista.

Tan principal como la piel de palabras es la sombra de las figuras. Podría ser la proyección del mundo interior que florece de las letras que se imprimen desde fuera. Por eso en la sala prevalece la oscuridad, se juega con luces puntuales sobre los personajes y las paredes son negras. Es curioso, la sombra del Equilibrista se ha independizado, camina sola, adquiere vida propia y se escinde de su origen, a lo mejor de un mismo destino. Parece un simpático gondolero que olvidó que nunca dejará de ser funambulista. Es posible que este duplicarse haya sucedido porque esta obra es fruto de dos miradas confabuladas, la del artista y la del comisario.

El Paseante.

El Paseante camina detrás de su sombra siguiendo una línea escrita sobre la superficie de un cuaderno. Las actitudes de los personajes de Las palabras inútiles peregrinan sobre unos cuencos boca abajo entre poemas de Ángel González. En El mal paso dos figuras se asoman al vacío: una aún lo está valorando, la otra está dando el paso; la caída es inminente. ¡Salta! piénsatelo pero si es necesario salta, es lo que le digo. Una situación, un estado de ánimo, un punto de vista, todo puede estar en esa figura que se asoma al interior de una vasija sin saber si es oscuridad o luz lo que ve al fondo. Salta si es necesario, le digo. Todas estas figuras comparten la misma impresión vital que genera la empatía con el espectador. Uno se vuelve afín, siente ser ellos o descubre ahí fuera algo sucedido en su interior. Siente una punzada, aprehensión, compasión y después una tímida esperanza hace amago de sonrisa. La esperanza también es inevitable, como la sensación de caída.

Las palabras inútiles-1.
Al fondo El mal paso 1 y 2. En primer plano Salta. Fotografía http://www.yosoymujer.es

A veces uno se cae y otras veces no queda otra que saltar. Nada grave. Después, la herida, si la hay, se cura y cicatriza. Sólo hay que leer el último poemario de Ángel González para saberlo. El que da nombre a esta exposición y llena la piel y los pasos de algunos personajes.

Y me vuelvo a caer de mí mismo/ al vacío,/ a la nada…

Recibo/ el golpe de rigor, y me incorporo./ Me toco para ver si hubo gran daño,/ mas no me encuentro.

Mi cuerpo, ¿dónde está?/ Me duele sólo el alma./ Nada grave.

Cabeza lañada-2.

Hay unos platos cerámicos lañados que están boca abajo, como si eso indicara la inexistencia de límites. Sobre ellos reposa una figura y un par de cabezas cerámicas. Están arañadas, rotas, pero también lañadas. Es evidente, la caída ha sucedido, pero nada grave. Sutura la herida y cicatriza grapada con las lañas del aprendizaje, de la autoconciencia. Marcel Proust dejó escrito en más de una piel además de en la suya que es en el sufrimiento donde se desarrollan los poderes de la mente. Roturas, rasguños es lo que llamamos experiencia. Ser lañador de cerámica era un oficio delicado, también lo es ser lañador de sí mismo.

En primer plano R.E.M., al fondo Escrito en la sombra.

Aún se llega más lejos. Las cabezas se deshacen perforadas y vacías. Parecen colmenas de las que sólo quedan los huecos de las celdas. Una de ellas pierde las últimas letras escritas en su sombra. Son las únicas piezas que salen del existencialismo para virar hacia lo onírico. Un hilo de alpaca se enreda como el caos; hormigas doradas cercan y escalan la estructura mental como metáfora del sueño.

Se acerca el final del recorrido. Desde la indecisión frente a un abismo y la reflexión tras la caída a través de las figuras, ahora emerge el auto reconocimiento en ellas. Los Autoarrugados son retratos de cuerpo entero del artista y del comisario. También tienen textos en la piel. El comisario comparte la literatura del Equilibrista; el artista se escribió lo que estaba leyendo en el momento de la creación, en un proceso plástico que es en sí una obra de arte, cuando lleva el dibujo a la tridimensionalidad y lo transforma en escultura a través del arrugado, como si la vida nos modelase y aun siendo el mismo se nos fueran sumando múltiples rostros. La permanencia en la mutabilidad.

En una serie de varios dibujos la fisonomía del mismo niño se desvanece hasta quedar la grisalla de su semblante y luego el papel en blanco. La infancia palidece, la pureza se disipa. El auténtico es el último, el que desaparece. Un día el artista fue ese niño que dejó de ser. La pieza se llama Autoborrado. Frente a ella en un Autoarrugado se multiplica el rostro maduro del artista; lleva escrito un texto de Lorca. El último autorretrato es un cojín mullido por la huella de la cabeza ausente del artista. En esa ausencia está la poética de la presencia, la impresión fugaz del Memento Mori.

Autoarrugado-1. Fotografía Cayetano Romero.

EPÍLOGO

El hombrecillo de papel (Fernando Alonso) era mi libro favorito cuando era niña. Relataba la historia de un hombrecito que una niña había recortado con un periódico. Su superficie era de letras. Hablaba de guerras, necrológicas y sucesos que hacían llorar a la niña y sus amigos. Pasó por una lavandería de donde salió blanco, radiante; cuando quiso hablar no salían palabras de su boca. Decidió ir al campo y revolcarse por las flores, leyó libros de todos los saberes además de literatura; los niños entonces escuchaban encantados las maravillas que contaba. Sé que este libro es parte de mi trayectoria vital. Posiblemente la atracción que me produce la obra de Cayetano Romero se deba entre otras razones a que trajo este libro a mi memoria. De alguna manera me ha devuelto no a la infancia, sino a la conciencia de una infancia que sigue escrita en mis circunstancias e influye en ese paso que lleva a la caída.

El mal paso-2. Fotografía de Cayetano Romero.

 


Exposición Nada Grave. Centro Cultural MVA, Málaga. 20/06 – 6/09 // 2019.

Otras imágenes de la obra del artista en esta exposición.

Web de Cayetano Romero

 

 

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